Las olas son el exponente más representativo del mar, su parte más plástica, plasmada por escritores, artistas y fotógrafos. Difíciles de entender por los científicos, por su complejidad. Temidas para los navegantes, por su fuerza. Y apreciadas por los surfistas, por idéntico motivo. Existen muchas teorías sobre el ‘ritmo de las olas’ cuando rompen en nuestras costas. Científicamente no es fácil explicar por qué las olas llegan en grupos o series, aunque la teoría más extendida es la del gurú del estudio de la física de las olas y de la ciencia del surf, Tony Butt, quien ha descrito que las olas que se pueden observar en un buen día en la playa normalmente llegan en series de 12 a 16 olas.
En estas series, como muchas veces ocurre en la física de grupos, la ola más grande tiende a situarse en el centro, dato crucial para cuando estás sentado en el line up y ves aproximarse un set de olas en el horizonte. La primera ola del grupo es muy pequeña, la siguiente es más grande y así sucesivamente hasta que se llega a la más grande en el centro de la serie. Entonces, si hay 14 olas de media en una serie, la séptima ola es la más grande. A continuación, se hacen
cada vez más pequeñas, para finalmente retornar a la calma. Ahí radicaría la posible base para el dicho popular sobre que las olas vienen en series de 7, al no tomar en cuenta las olas que van disminuyendo y sólo fijarnos en las que van creciendo.
En 7 Olatu, sin embargo, hemos preferido crear nuestra propia teoría, una metáfora sobre el espíritu de superación que enlaza muy bien con nuestra cultura vasca, que dice así:
«En tiempos remotos una lamia tejió el mar que baña la costa vasca con hilos de sus propios cabellos dorados, dotando a cada séptima ola con un fragmento de una energía única: su espíritu. Esta ola era en realidad un portal, una conexión entre el mundo humano y los secretos más profundos del océano. Desde entonces, las y los surfistas intrépidos y soñadores se afanan por encontrarse y surcar la mítica séptima ola vasca.
Para conseguirlo es preciso remar con determinación, sintiendo cómo cada ola te empuja hacia tu destino. Las primeras seis olas serán fuertes, cada una más desafiante que la anterior, pero si permaneces firme, sabrás que la verdadera prueba aún está por venir.
Así, cuando la séptima emerja en el horizonte, majestuosa y temible, debes lanzarte hacia ella y cabalgar sobre su cresta. Quienes lo consiguen descubren que la séptima ola requiere no solo destreza física, sino también un alma pura y un corazón valiente. Sólo así es posible sentir esa conexión indescriptible con la ola, como si la propia lamia te estuviera guiando, susurrándote los secretos más profundos del mar. Porque la séptima no es solo una ola más grande y más poderosa; es un símbolo de armonía y respeto hacia la naturaleza. Representa el equilibrio perfecto entre el hombre y el mar, un recordatorio de que, al igual que la ola, la vida sigue ciclos y que cada final es un nuevo comienzo.
Independientemente de esto, lo verdaderamente importante es saber «leer las olas». Hay olas a derechas y a izquierdas, unas veloces, otras grandes, y esa lectura nos ayuda a detectar las olas que son surfeables para hacer «el escape». Ese momento mágico que se produce al coger «la ola» con su energía y sonido característicos, y mantener el equilibrio haciéndonos vivir esas sensaciones tan potentes. Ese baile, como lo definen los nativos de la polinesia, que crea una simbiosis perfecta entre surfista y ola en el que «yo soy tú y tú eres yo».
